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TODO HA ACABADO
Atrás han quedado las cumbres del Himalaya, las morrenas, el frío, el dolor y la muerte. Como si de un sueño se tratase, de pronto, hemos salido de ese mundo tan especial y hemos sido transportados a nuestra vida normal. Hemos podido abrazar a nuestra gente, recibir el cariño de nuestra tierra y poco a poco, comenzar a sanar las heridas del cuerpo y del alma. No ha sido una temporada fácil. Ha sido una campaña larga y dura. El Dhaulagiri nos supuso un esfuerzo grande, pero la recompensa llegó en forma de cumbre y con ella, la satisfacción de un trabajo bien hecho. Luego, en el Lhotse, el esfuerzo realizado en los días anteriores me pasó factura y tras rozar la cima con los dedos, me ví obligado a tomar la siempre difícil decisión de abandonar para salvar la vida. Sin duda, a la vista de los acontecimientos posteriores, fue todo un acierto. El descenso de esa montaña me supuso otra dura prueba de supervivencia y me enseño, una vez más, la crueldad con que nos pueden tratar estas grandes montañas de la Tierra. La ayuda, de valor incalculable, de Willie Benegas, de los Xavis catalanes, de Pasang, de Furba, hizo que todo acabase de forma satisfactoria y que pudiese llegar hasta el campo base con vida. Algo no fue bien. Estiré mi organismo hasta el límite y no aguantó. Mi intuición y la fortuna permitieron que todo acabase bien. Ya en el campo base, la rápida y acertada gestión de Fran Lorente, de Carolina Pueyo, de la Federación Aragonesa de Montaña, de Sonam Sherpa y en especial de los hombres y mujeres de la aseguradora FIATC, hizo realidad el milagro y en unos pocos días todo quedaba atrás y llegábamos a nuestros hogares. Siempre estaré agradecido por vuestra profesionalidad, por vuestro interés y por vuestro cariño.
Ahora, ya en Zaragoza, las heridas van curando poco a poco. La vida tranquila, la familia, los amigos, son como un bálsamo que va cicatrizando las marcas de la batalla. El dolor del alma, ese, ese es más difícil de reparar. Todos estos días de esfuerzo, de tragedias, de desolación, dejarán una huella perpetua. Me enteré de la muerte de mi amigo Iñaki Ochoa de Olza cuando ya estaba alcanzando el campo base del Lhotse. Me senté en un bloque de piedra e intenté asimilar la noticia. Me quedé sin palabras, sin emociones y si ya estaba vacío de fuerzas, en ese instante, me quedé vacío de alma. No podía ocurrir algo así. Iñaki no podía haberse ido. El ha sido el referente de todos nosotros, el himalayista con mayúsculas, el hombre que más he visto disfrutar en estas montañas. No era posible que esas propias montañas que él amaba le hubieran arrebatado la vida de una forma tan cruel. Qué vacío tan espectacular has dejado compañero. Qué soledad siento en estos instantes. Que profundo desánimo contemplar como el Himalaya nos obliga a pagar, a los que quedamos, ese desproporcionado tributo de vuestra pérdida. Hoy, para mí, la luz del Himalaya brilla un poco menos. Esas cumbres son un poco menos atractivas. El dolor que siento me impide contemplar su belleza. No tengo palabras, ni consuelo. No te imaginas como te voy a echar de menos Iñaki. Nada será igual desde este instante.
Carlos Pauner
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